22/03/2017

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TESTIMONIO INÉDITO

Por primera vez habla el ex guerrillero que descubrió el Pozo Vargas

Juan Carlos Díaz, ex guerrillero del movimiento de los Uturuncos, develó en exclusivo a Documento cómo se descubrió el Pozo de Vargas y habló de otros enterramientos clandestinos que estarían ocultos en la provincia
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Juan Carlos Díaz tiene hoy 80 años y todavía recuerda con lucidez sus años de guerrillero en el movimiento de los Uturuncos (palabra en quechua que significa ‘hombre tigre’) en el marco de la llamada resistencia peronista, a fines de los años 50, cuando colocaban bombas, repartían panfletos y participaban de una radio móvil para lograr el regreso de Juan Domingo Perón al país, en ese entonces exiliado en España.

Al  “ciego” Díaz, como le decían sus compañeros, también le tocó atravesar otra etapa de la historia que lo marcó para siempre: los sangrientos años de la última dictadura militar del ’76.  Aferrado a su militancia, a comienzos del año 2000, Díaz inició una búsqueda que muchos ocultaban y otros temían: el lugar donde los militares habían arrojado los cuerpos de las miles de víctimas desaparecidas en la provincia, entre ellos sus compañeros de militancia peronista.

Por primera vez, después de 17 años de silencio, Díaz decidió dar su testimonio a un medio tucumano para contar cómo descubrió el ahora conocido como el Pozo de Vargas, y que en 14 años de investigación de la Justicia Federal se convirtió en una de las mayores evidencias de la masacre que los militares quisieron ocultar y no pudieron. Allí, ya se rescataron 117 cuerpos humanos, de los cuales 87 ya fueron identificados..

En una entrevista exclusiva con Documento, el comandante Uturunco –como le gusta que lo llamen-  recuerda con precisión el momento en que dos hombres (un ex policía y un chofer de la gobernación de Tucumán durante el gobierno de Bussi), le pidieron que consiga dos millones de dólares a cambio de develar dónde estaba ubicado ese pozo, del que decían en ese entonces que “fue tapado por Bussi y en su interior había cerca de 800 personas”, según el propio relato de Díaz.

Lejos de concretarse la tan ansiada suma millonaria por parte de los informantes (aunque hubo algunos intentos de dirigentes peronistas de reunir ese dinero), Díaz acudió a una estrategia más casera para lograr que hablaran. Contó que un día “Tuty” Mansilla, uno de ellos, fue a su casa un poco ebrio, había tomado whisky, entonces se le ocurrió ofrecerle más de esa bebida. En esa “embriagada” conversación, Díaz logró saber la zona donde se encontraba ese pozo.

Así, el comandante Uturunco fue hasta la avenida Francisco de Aguirre al 4.000, donde conoció a Santos Molina, un changarín de la zona de la finca de Vargas, quien fue el que le reveló la ubicación exacta del pozo que luego se denominó Pozo de Vargas.

Una vez que Díaz y la antropóloga Patricia Cárdenas lograron precisar la ubicación del pozo y detectar la presencia de calcio en el lugar, el comandante Uturunco fue a contarle sobre este importante hallazgo a jueces federales, políticos y al propio gobernador en ese entonces, Julio Miranda, pero no tuvo apoyo de ninguno de ellos para realizar la denuncia. “No me dieron bolilla”, dijo en su propio relato.

Fue el dirigente peronista Enrique Romero, quien realiza formalmente la denuncia en febrero de 2002 en la Justicia Federal.

Otros enterramientos clandestinos

El ex guerrillero del movimiento de los Uturuncos también develó otros enterramientos clandestinos que estarían ocultos en distintos puntos de la provincia y  de los que nadie se animó a hablar a 41 años del horror. Se trata de dos pozos en el ex Arsenal Miguel de Azcuénaga: uno frente a la ruta nacional Nº9 y el otro en la parte trasera del predio militar; otro en el Barrio Oeste II y una fosa común en una localidad del sur de la provincia.

En este programa especial del 24 de Marzo, Día Nacional de la Memoria por la Verdad y Justicia, también te mostramos la síntesis de dos informes especiales que Documento realizó en diciembre pasado, en el Pozo de Vargas y en las fosas comunes del ex Arsenal Miguel de Azcuénaga, dos lugares emblemáticos de la masacre de la última dictadura militar.


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